miércoles, 25 de enero de 2012

Dos chinos





En el hospital

Sacás una mano delgada y seca
de adentro de la sábana blanca,
las uñas cubiertas de esmalte como las flores
que iluminan en invierno las ramas del cerezo.
Estas uñas cubiertas de esmalte como las flores
que iluminan en invierno las ramas del cerezo.
Estas uñas, estas flores, una y otra vez te las recortás,
una y otra vez dejás que crezcan, furiosas.
Ubicadas en la frontera entre tu cuerpo y la nada
ellas se ven siempre tan impecables,
tan frescas, incluso en este hospital
caótico como nuestro país. Agarro tu mano
y siento cómo las venas se dilatan, se contraen
mientras la sangre trepa hasta la punta del dedo y da la vuelta.
Recuerdo entonces lo que escribiste en un poema:
que en el cuerpo muerto las uñas
son lo último que se pudre.

                                                          Yao Feng

Cuervo

Un día, en una clase de primaria,
aprendí este ideograma.
Esa misma tarde vi sus alas negras
recortarse contra el cielo
como un paraguas cayendo en círculos
sobre mi cuerpo y el de mi hermana.
Ah, mi hermana: desde el nogal del patio
se dirigió vacilando hacia su cuarto,
entró en la boca negra de un cuervo.
Más tarde en otro país, entre edificios abandonados,
en la pared de mi corazón sentí otra vez al cuervo
volar como un presentimiento de muerte,
como nubes negras, y pensé en mi hermana.
Ella se había casado con un hombre común,
y en la única cuadra de todo el pueblo
atendía un pequeño almacén.

                                                          Xiao Kaiyu


De Un país mental. 100 poemas chinos contemporáneos. Selección y traducción: Miguel Ángel Petrecca. Gog y Magog, 2011.

viernes, 23 de diciembre de 2011

36 segundos (Ales Steger)





Voy a hablar de los insectos
Que volaban bajo un sol ebrio, se posaban sobre nosotros
          y nos chupaban la sangre. 
Hundida hasta los tobillos en una tierra esponjosa
Me enseñaste a poner trampas bajo las cabezas de lechuga. 
A tomar el cuchillo. Cortar la manzana en dos. 
Una mitad era para mí, 
La otra, mortal, la depositabas debajo del resorte. 
Para que no se devoren lo que has creado, me decías, 
Demasiado buena e ingenua para ver dónde y a quién la 
          estabas colocando. 
Escondida en mi cráneo se disparó años más tarde y 
          siempre me mató
Cuando creía que ahora sí amaba y era amado. 
En el primer grado tu hermana me estuvo enseñando
          nombres de flores y las formas de las letras, 
Conceptos complejos e incomprensibles como lo son la 
          tecnología, la historia, Dios
En ese tiempo construyeron en las cercanías un matadero. 
Apenas 36 segundos se necesitaba
Para que la vaca estuviera muerta, colgada, desollada y 
          cortada en trozos grandes. 
Mamá, últimamente no sé qué pasa conmigo, 
Suelo acostarme temprano, y cuando me duermo sigo
          caminando, caminando al infinito, 
No sé por dónde ni al encuentro de quién; no sé adónde, 
          sin embargo, persevero, camino y camino
Hasta que me despierta el zumbido de los mosquitos
          mañaneros y sé
Que los tengo que matar, que los tengo que matar a todos. 






De Protuberancias
traductor: Pablo Juan Fajdiga

miércoles, 22 de junio de 2011

Tardes (Philip Larkin)









El verano se marchita:
las hojas se caen  una  dos
de los árboles que rodean
al nuevo parque de juegos.
En los huecos de las tardes
las madres jóvenes se juntan
en las hamacas y en el arenero,
dejan libres a sus hijos.

Detrás de ellas, de vez en cuando,
aparecen maridos con trabajos cualificados,
un condominio de ropa para lavar,
y álbumes con la inscripción
                     Nuestra boda
acomodados cerca del televisor:
delante de ellas el viento
arruina sus lugares de citas

que son todavía lugares de citas
(pero los amantes están en la escuela),
y sus hijos, tan concentrados en
encontrar más bellotas verdes,
esperan que se los lleven a casa.
Su belleza se volvió espesa.
Algo las está empujando
al costado de sus propias vidas.



Afternoons//Summer is fading:/The leaves fall in ones and twos/ From trees bordering/The new recreation ground./In the hollows of afternoons/Young mothers assemble/At swing and sandpit/Setting free their children.//Behind them, at intervals,/ Stand husbands in skilled trades,/An estateful of washing,/And the albums, lettered/Our Wedding, lying/Near the television:/Before them, the wind/Is ruining their courting-places//That are still courting-places/(But the lovers are all in school),/And their children, so intent on/Finding more unripe acorns,/Expect to be taken home.Their beauty has thickened./Something is pushing them/To the side of their own lives.

lunes, 30 de mayo de 2011

El sueño del padre (William Cliff)




mi padre se quejaba seguido por unas puntadas
se frotaba la espalda diciendo malas palabras
o aplastado de pronto por tanto cansancio
se caía del sueño como una bolsa en cualquier lado

las piernas separadas el mentón sobre el pecho
se dormía hundido por el peso del trabajo
e incluso empujaba a veces su plato en la mesa
y se quedaba dormido con la frente entre las manos

entonces le sacábamos la servilleta con mucho cuidado
sacábamos los cubiertos bajo su frente y sus manos
juntábamos furtivamente la mesa
y nos íbamos del comedor en puntas de pie

para que pudiera descansar como se debe
le dejábamos la frente apoyada en la mesa
dormía vencido como un animal muerto
pero más tarde escuchábamos gritos en el comedor

aullaba porque se le iba el sueño
su cuerpo entumecido le dolía en todos partes
sus dedos le dejaban marcas rojas en la piel,
se despertaba enojado: qué bueno había sido

irse tan lejos de todas las preocupaciones.
injuriando refunfuñando se iba a la cocina
a tomar una taza de café negro con Marie,
después salía arrancaba escuchábamos

las ruedas sobre la grava se terminaba el miedo
volvíamos a nuestros juegos
a nuestras guerras fratricidas

*

Le sommeil du père//mon père se plaignait souvent de courbatures/il poussait des jurons en se frottant les dos/ou soudain écrasé par excès de fatigue/il tombait en sommeil comme un sac n'importe où//les jambes écartées menton sur la poitrine/il dormait effondré sous le poids du travail/et parfois même à table poussant son assiette/et le front sur ses mains il tombait endormi//alors très doucement nous ôtions sa serviette/sous son front et ses mains nous ôtions le couvert/nous débarrassions la table furtivement/sur la pointe des pieds nous désertions la salle//afin qu'il prenne comme il faut tout son repos/nous le laissions le front appuyé sur la table/où il dormait vaincu comme une bête morte/mais plus tard nous entendions crier dans la salle//il hurlait parce que le sommeil le quittait/son corps courbaturé partout lui faisait mal/ses doigts restaient en marques rouges sur sa peau/il sortait faché du sommeil: c'était si bon//d'être parti ainsi loin de tous ses soucis!/et jurant maugréant il allait chez Marie/à la cuisine à boire un coup de café noir/puis il sortait il démarrait on entendait//les pneus sur le gravier la peur était finie/nous réprenions nos jeux nos guerres fratricides 


lunes, 24 de enero de 2011

Jude Stéfan




como un samurái de corazón inmóvil
en la puerta del placard me espera la rata
muerta y carnosa
el ojo vivo
que tanto se regocijó  en los altillos
la noche fue su hora
mostrando sus dientes ensangrentados
la acaricio tibia sin que me muerda
largos bigotes  una cola
para encender los cirios
la herida en el cráneo
en la pieza vacía oscilan las tulipas
en el jardín estallan los dientes de león
crecen las nubes
y yo escribo la tormenta
los ruidos del tiempo concluido
el dolor en el aire que dejan los suicidas

*
comme un samouraï au cœur immobile à/la porte du placard m’attend  le rat/mort et gras/l’œil vif/longtemps qui s’ébattit dans les combles/la nuit était son heure/en découvrant ses dents ensanglantées/chaud je le caresse sans qu’il morde/longues moustaches une queue/pour allumer les cierges/la plaie au crâne/dans la chambre vide penchent les tulipes/au jardin explosent les dents-de-lion/montent les nuages/et j’écris l’orage/les bruits du temps fini/le souffre dans l’air laissé par les suicides

miércoles, 15 de septiembre de 2010

A Lautréamont (Jules Supervielle)


En cualquier lugar me ponía a escarbar la tierra
esperando que salieras,
apartaba las casas y los bosques para ver detrás.
Era capaz de quedarme una noche entera esperándote,
puertas y ventanas abiertas,
delante de dos copas de alcohol a las que no quería tocar.
Pero no venías,
Lautréamont.
A mi alrededor las vacas morían de hambre
delante de los precipicios,
y le daban obstinadamente la espalda a las más espesas
praderas,
los corderos regresaban en silencio al vientre de sus madres
que así morían,
los perros desertaban de América mirando hacia atrás
porque hubieran querido hablar antes de partir.
Solo en el continente,
te buscaba en el sueño donde los encuentros
son más fáciles.
Uno se aposta en una esquina, el otro llega rápidamente.
Pero ni siquiera así venías,
Lautréamont,
detrás de mis ojos cerrados.

Te encontré un día a la altura de Fernando Noronha,
tenías la forma de una ola pero más veraz, más circunspecta,
enfilabas hacia Uruguay con escalas.
Las otras olas se apartaban para saludar mejor a tus infortunios.
Ellas, que viven sólo doce segundos y que sólo avanzan hacia la muerte,
te los daban todos,
y tú fingías desaparecer como ellas
para que en la muerte te crean su compañero
de promoción.
Eras de aquellos que eligen el océano como domicilio,
así como otros se acuestan sobre los puentes
Y yo, yo escondía mis ojos detrás de unos anteojos negros
en un transatlántico donde flotaba un olor a mujer
y a cocina.
La música subía a los mástiles exasperados por estar metidos
entre los manoseos del tango,
yo tenía vergüenza de mi corazón por el que corría la sangre
de los vivos
mientras que tú estás muerto desde 1870, y sin una gota de sangre,
tomas la forma de una ola para hacernos creer
que te da lo mismo.
El mismo día de mi muerte te veo venir hacia mí
con tu rostro de hombre.
Deambulas favorablemente, descalzo por los altos
matorrales del cielo,
pero apenas llegas a una distancia razonable
me lanzas uno a la cara,
Lautréamont.

                                                                                              1925

A Lautréamont/N’importe où je me mettais à creuser le sol espérant que tu en sortirais/J’écartais les maisons et les fôrets pour voir derrière./J’étais capable de rester toute une nuit à t’attendre, portes et fenêtres ouvertes/En face de deux verres d’alcool auxquels je ne voulais pas toucher./Mais tu ne venais pas,/ Lautréamont./Autour de moi des vaches mouraient de faim devant des précipices/Et tournaient obstinément le dos aux plus herbeuses prairies,/Les agneaux regagnaient en silence le ventre de leurs mères qui en mouraient,/Les chiens désertaient l’Amérique en regardant derrière eux/Parce qu’ils auraient voulu parler avant de partir./Resté seul sur le continent/Je te cherchais dans le sommeil où les rencontres sont plus fáciles./On se poste au coin d’une rue,l’autre arrive rapidement./Mais tu ne venais même pas,/Lautréamont,/Derrière mes yeux fermés.//Je te recontrais un jour à la hauteur de Fernando Noronha/Tu avais la forme d’une vague mais en plus véridique, en plus circonspect,/Tu filais vers l’Uruguay à petites journées./Les autres vagues s’écartaient pour mieux saluer tes malheurs./Elles qui ne vivent que douze secondes et ne marchent qu’à la mort/Te les donnaient en entier,/Et tu feignais de disparaître comme elles,/Pour qu’elles te crussent dans la mort leur camarade de promotion./Tu étais de ceux qui élisent l’ócean pour domicile comme d’autres couchent sous les ponts/Et moi je me cachais les yeux derrière des lunettes noires/Sur un paquebot où flottait une odeur de femme et de cuisine./La musique montait aux mâts furieux d’être mêlés aux attouchements du tango,/J’avais honte de mon coeur où coulait le sang des vivants,/Alors que tu es mort depuis 1870, et privé du liquide séminal/Tu prends la forme d’une vague pour faire croire que ça t’est égal./Le jour même de ma mort je te vois venir à moi/Avec ton visage d’homme./Tu déambules favorablement les pieds nus dans de hautes mottes de ciel,/Mais à peine arrivé à une distance convenable/Tu m’en lances une au visage,/Lautréamont.

[imagen: Cate MacDowell > "Casualty"]


miércoles, 8 de septiembre de 2010

Georges Schehadé


El extraño sabor de tus manos
cuando los bueyes se acercan al mar
Eres prisionera de tu más bella imagen
porque blanco es el color de la paciencia
Yo estaré en tu recuerdo
Las montañas envejecen y se cubren de hojas
y vas a morir
dado que hay demasiada poesía en la ceniza

*
L’étrange saveur de tes mains/Quand les boeufs sont près de la mer/Tu es prisionnère de ta plus belle image/Parce que blanc est la couleur de la patience/Je serai dans ton souvenir/Les montagnes vieillissent et se couvrent des feuilles/Et tu mourras/Car il ya trop de poésie dans la cendre.

martes, 7 de septiembre de 2010

ilustró la tapa: COTTA [01]


Tapas de la colección "Los libros  del mirasol", de la Compañía Fabril Editora. Todos los volúmenes que se ven debajo se publicaron entre 1960 y 1961, y todas las ilustraciones son de COTTA.



ilustró la tapa: COTTA [02]



lunes, 6 de septiembre de 2010

de "Vida de Henry Brulard", de Stendhal


No hace un año que mi concepto de nobleza quedó fijado por completo. Por instinto, mi vida moral ha transcurrido considerando atentamente cinco o seis ideas principales y tratando de esclarecer la verdad sobre ellas.

[…]

Mi madre, Madame Henriette Gagnon, era una mujer encantadora y yo estaba enamorada de ella.
Me apresuro a añadir que la perdí cuando tenía siete años.
Al amarla a los seis años quizá –1789–, tenía yo absolutamente el mismo carácter que en 1828, cuando amaba apasionadamente a Alberthe de Rubempré. Mi manera de ir a la caza de la felicidad en el fondo no había cambiado en absoluto, con esta sola excepción: me hallaba, por lo que se refiere al aspecto físico del amor, en la misma situación que se encontraría César, si volviera al mundo, con respecto al uso de cañón y de las armas ligeras. Yo lo hubiera aprendido muy deprisa y ello no habría cambiado sustancialmente mi táctica.
Deseaba cubrir a mi madre de besos y que no estuviera vestida. Ella me amaba apasionadamente y me besaba mucho; yo le devolvía sus besos con un ardor tal que frecuentemente se veía obligada a marcharse. Aborrecía a mi padre cuando venía a interrumpir nuestros besos. Siempre quería dárselos en el cuello. Dígnese recordar el lector que la perdí, a consecuencia de un parto, cuando apenas tenía yo siete años.

 […]

En aquellos tiempos felices, mi abuelo tomaba la religión de una forma alegre y aquellos señores eran de su opinión; tan sólo se volvió triste y un poco religioso después de la muerte de mi madre (1790), y eso, creo, por la vaga esperanza de volver a verla en el otro mundo, como Monsieur de Broglie, que, hablando de su amable hija, muerta a los trece años, dice: “Me parece como si mi hija estuviera en América”.

[…]

Al llegar a Les Echelles me hice amigo de todo el mundo; todos me sonreían como a un niño rebosante de inteligencia. Mi abuelo, hombre de mundo, me había dicho: “Eres feo, pero nadie te reprochará nunca tu fealdad”.

[…]

Porque –no tengo más remedio que confesarlo– a pesar de mis opiniones entonces perfecta y esencialmente republicanas, mis parientes me habían inculcado profundamente sus gustos aristocráticos y reservados (…) Detesto al vulgo (para relacionarme con él), al mismo tiempo que deseo ardientemente la felicidad del así denominado pueblo, y creo que sólo es posible procurársela consultándole acerca de una cuestión importante. Es decir, instándole a elegir a sus diputados (…) Me horroriza lo sucio, y el pueblo es siempre sucio a mis ojos.

[...]

En una palabra, ya era por aquel entonces como soy hoy: amo al pueblo y detesto a sus opresores, pero tener que vivir con él sería para mí un suplicio infinito. Me serviré del lenguaje de Cabanis. Tengo una piel demasiado fina, una piel de mujer (posteriormente siempre me salían ampollas después de empuñar el sable durante una hora); por cualquier motivo me lastimo los dedos, que los tengo muy bellos; en una palabra, la superficie de mi cuerpo es de mujer. De ahí mi invencible repugnancia por todo lo sucio, lo húmedo o lo negruzco.

[…]

Mi confianza literaria en mi abuelo era absoluta (…) Sin confesar que había leído La Nouvelle Héloïse, me atreví a hablarle de ella  en términos elogiosos. Su conversión al jesuitismo no debía datar de lejos, porque, en vez de interrogarme con severidad, me contó que el barón de Adrets (el único amigo suyo en cuya casa continuaba comiendo dos o tres veces al mes después de la muerte de mi madre), cuando apareció La Nouvelle Héloïse (¿no fue en 1770?), se hizo esperar un día para comer en su casa; Madame des Adrets mandó a avisarle por segunda vez y por fin aquel hombre tan frío llegó bañado en llanto.
­ ¿Qué le ocurre, amigo mío? –le preguntó Madame des Adrets muy alarmada.
¡Ay, señora, Julie ha muerto!–y apenas comió.


de Vie de Henry Brulard (traducción de Juan Bravo Castillo). Alfaguara, 2004.