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martes, 27 de enero de 2009

End of the world, 10 (Anne Talvaz)


Hablás demasiado porque sabés que mañana
esto se acaba. La lluvia ya no perla las hojas del castaño,
una palada de carbón arrojada al fuego,
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y que lo apaga. Y esta espera
que no termina más. Algo ya no será más
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tal vez será en otra parte,
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pero seguro será de otra manera. Es él,
o vos ―¿quién sabe? El miedo en el vientre, o la ansiedad:
porque es él, porque sos vos. Porque es mañana.

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En Diario de Poesía (N° 65, 2003). Traducción de Jaime Arrambide y Mirta Rosenberg.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Esta soledad en las cataratas (Wallace Stevens)


Nunca sintió dos veces lo mismo respecto del salpicado río,
Que seguía fluyendo y nunca dos veces el mismo, fluyendo

A través de muchos lugares, y como inmóvil en uno,
Fijo como un lago donde se agitan los patos silvestres,

Rizando sus usuales reflejos, pensados Monadocks(1).
Parecía ser un apóstrofe que no fue dicho.

Había tanto de lo real que para nada era real.
Una y otra vez él quiso sentir lo mismo.

Quiso que el río siguiese fluyendo de la misma manera,
Que siguiese fluyendo. Quiso caminar a su lado,

Bajo los sicómoros, debajo de una luna rápidamente enclavada.
Quiso que su corazón dejara de latir, que su muerte descansara

en una permanente comprensión, sin patos silvestres
o montañas que no eran montañas, sólo por saber cómo sería,

sólo por saber cómo sentiría, liberado de la destrucción,
ser un hombre de bronce respirando bajo arcaica piedra,

sin las oscilaciones del paso planetario,
respirando su aliento broncíneo en el azulado centro del tiempo.


(1) Monadocks es el nombre de una línea de montañas, y se usa ese término en geología para indicar restos de antiguas zonas altas que se alzan sobre un llano como una aislada masa rocosa (Nota del T.)


En Poemas de Wallace Stevens, Omega, Buenos Aires, 1967 (traducción de ALBERTO GIRRI)

martes, 2 de septiembre de 2008

El Orfeo de W.H. Auden


¿Qué espera la canción? ¿y las manos moviéndose
tan cerca de los pájaros, la timidez y el encanto?
¿Estar perplejas y felices,
o conocer sobre todo la vida?

Pero los bellos se conforman con las notas agudas del aire;
La tibieza es suficiente. Oh, si el invierno en realidad
se opone, si el débil copo de nieve,
¿qué hará el deseo, la danza que hará?


Orpheus
ff
What does the song hope for? And the moved hands/A little way from the birds, the shy, the delightful?/To be bewildered and happy,/Or most of all the knowledge of life?// But the beautiful are content with the sharp notes of the air;/The warmth is enough. O if winter really/Oposse, if the weak snowflake,/What will the wish, what will the dance do?
ss
(basada en la versión de Rolando Costa Picazo: "W. H. Auden: los primeros años", Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1994).

martes, 3 de junio de 2008

Prueba de nada, de Ingeborg Bachman




¿Sabes, madre, cuando las latitudes y las longitudes
nos nombran el lugar, que tus hijos
te hacen señales desde el rincón oscuro del mundo?
Tú te paras donde los caminos se entrelazan,
y tu corazón está disponible antes que cualquier otro.
No alcanzamos para mucho tiempo, pródigos con nuestras obras,
miramos hacia atrás. Pero el humo sobre el hogar
no nos deja ver el fuego.
Tú preguntas: ¿no vuelve ninguno? Conducidos hacia abajo por el plomo,
no en dirección al cielo, sacamos a la luz del día
cosas, en las que habitan destrucción y fuerza
para distraernos. Todo esto es una prueba
de nada y por nadie requerida. Si enciendes
de nuevo el fuego apareceremos irreconocibles,
las caras ennegrecidas, ante tu cara blanca.
¡Llora! Pero no nos hagas señales.

En Abyssinia, revista de poesía y poética N° 2, 2001. Versión de Cecilia Dreymüller y Concha García.

martes, 15 de abril de 2008

dos de rené char



Estrangulé a mi hermano


Estrangulé
a mi hermano
porque no quería dormir
con la ventana abierta.
Hermana mía
dijo antes de morir
pasé todas las noches
mirándote dormir
inclinado sobre tu resplandor en el vidrio.


-------------------------de Placard pour un chemin des écoliers, 1937.


Yo habito un dolor

No dejes al cuidado de gobernar tu corazón a esas ternuras parientas del otoño del que ella toman su plácido aspecto y su afable agonía. El ojo es precoz para plegarse. El sufrimiento conoce pocas palabras. Prefiere acostarse sin cargas: soñarás con el mañana y tu lecho te será leve. Soñarás que tu casa ya no tiene vidrios. Estás impaciente por unirte al viento, al viento que recorre un año en una noche. Otros cantarán la incorporación melodiosa, las carnes que sólo personifican la hechicería del reloj de arena. Condenarás la gratitud que se repite. Más tarde, te identificarán con algún gigante disgregado, señor de lo imposible.
Sin embargo.
No has hecho más que aumentar el peso de tu noche. Has vuelto a la pesca en las murallas, a la canícula sin verano. Estás furioso contra tu amor en el centro de una comprensión que enloquece. Piensa en la casa perfecta que nunca verás crecer. ¿Para cuándo la cosecha del abismo? Pero has vaciado los ojos del león. Crees ver pasar la belleza por encima de las lavandas negras.
¿Qué es lo que te ha izado, una vez más, un poco más arriba sin convencerte?
No hay sitio puro.

-----------------------------------------------de Le poème pulverisé, 1947.

René Char, "Antología" (Selección y versión de Raúl Gustavo Aguirre). Ediciones del mediodía, Buenos Aires.

jueves, 24 de enero de 2008

En los diarios de John Cheever





“Entonces despiertas a las seis y media con una excitación que crece, y a la diez, como un gato vagabundo, serías capaz de cabalgar a un jaguar embalsamado o cogerte un picaporte oxidado. Va en aumento hasta las doce y media, cuando las visitas y la comida te ayudan a serenarte. Vas al pueblo a comprar leche, y al ver el anhelo de orden que agrupa los edificios, la expresión seria de un joven que cruza la calle con sus hijos parece la belleza manifiesta a la que aspiramos. Entonces a uno le embarga la melancolía, aliviada apenas por doce palomas que alzan el vuelo desde el techo de un edificio viejo. Es un día hostil. El cielo está desalentadoramente gris, pero la luz gris es fuerte. La música de amor que sale de un supermercado es triste, muy triste. La mujer que me precede, con anillos de diamantes y una gruesa capa de maquillaje, espera con paciencia el turno para pagar una bolsa pequeña de papas. En la peluquería duerme un policía brutal y corrupto, con la cara cubierta por una máscara de barro. Entra una joven con una caja pesada en la que lleva algo para vender. Su pelo, teñido y peinado en casa, es de un tinte acaramelado que pasó de moda hace años. Al salir del instituto, ha dedicado una hora entera a maquillarse. “Sé que le interesará…” “No”, dice el peluquero, cortante. Quiero darle todo el dinero que tengo. Media hora después, la veo en la cuneta con la caja, como si no supiera adónde ir. Creo que ha invertido sus ahorros, tal vez un préstamo, en algo que le parece muy deseable. Se ha teñido el pelo y mejorado sus rasgos, y en lugar del éxito imaginado, ay, con tanta alegría, sólo ha conocido el rechazo. Creo que su experiencia —en la cuneta— es parte de nuestra vida. La atesoro. Es casi de noche, uno no tiene nada, absolutamente nada, y lo tiene todo. Contestaré cartas, encenderé el fuego, leeré”.



de Diarios, John Cheever. Emecé.

jueves, 29 de noviembre de 2007

En el final de un cuento de K. Mansfield


“Esta vez su pensamiento fue como un deseo. Recordaba las veces que había ido ahí, saliendo sigilosamente de la cama en su camisón cuando la luna era llena, tendiéndose en el piso con los brazos abiertos, como si estuviera crucificada. ¿Por qué? La gran luna pálida se lo había hecho hacer. Las figuras horribles que danzaban en el biombo tallado se habían burlado, pero a ella no le había importado. También recordaba cómo, toda vez que iban al mar, se había alejado sola acercándose todo lo posible al mar, cantando algo, algo que ella había compuesto, mientras miraba toda esa agua inquieta. Había existido esa otra vida: salir corriendo, traer cosas al hogar en bolsas, hacer aprobar cosas, discutirlas con Jug, y llevarlas de nuevo para traer más cosas para su aprobación, y arreglar las bandejas de papá y tratar de no fastidiar a papá. Pero todo parecía haber sucedido en una especie de túnel. No era real. Era sólo cuando salía del túnel a la luz de la luna o junto al mar o en una tormenta que se sentía realmente ella misma. ¿Qué significaba eso? ¿Qué era los que siempre estaba deseando? ¿Adónde conducía todo eso? ¿Ahora? ¿Ahora?
Se apartó del Buda con uno de sus gestos vagos. Se acercó adonde estaba Josephine de pie. Deseaba decirle algo, algo terriblemente importante, sobre... sobre el futuro y lo que...
—¿No crees que tal vez...? –empezó.
Pero Josephine la interrumpió
—Me estaba preguntando si ahora... –murmuró. Ambas callaron. Esperaron una a la otra.
—Sigue, Con –dijo Josephine.
—No, no, Jug. Después de ti –dijo Constantia.
—No, dime lo que estabas por decirme. Tú empezaste –dijo Josephine.
—Yo... yo prefiero oír primero lo que tú tienes querías decirme –dijo Constantia.
—No seas absurda, Con.
—Realmente, Jug.
—¡Connie!
—¡Oh, Jug!
Una pausa. Luego Constantia dijo débilmente:
—No puedo decir lo que estaba por decir, Jug, porque he olvidado qué era... lo que estaba por decir.
Josephine quedó en silencio por un momento. Fijó la vista en la gran nube donde había estado el sol. Entonces dijo brevemente:
—También yo lo he olvidado”.

Las hijas del difunto coronel
(The Daughters of the Late Colonel)

traducción: Antonio Bonano.


* * *

“This time her wonder was like longing. She remembered the times she had come in here, crept out of bed in her nightgown when the moon was full, and lain on the floor with herarms outstretched, as though she was crucified. Why? The big, pale moon had made her do it. The horrible dancing figures on the carved screen had leered at her and she hadn't minded. She remembered too how, whenever they were at the seaside, she had gone off by herself and got as close to the sea as she could, and sung something, something she had made up, while she gazed all over that restless water. There had been this other life, running out, bringing things home in bags, getting things on approval, discussing them with Jug, and taking them back to get more things on approval, and arranging father's trays and trying not to annoy father. But it all seemed to have happened in a kind of tunnel. It wasn't real. It was only when she came out of the tunnel into the moonlight or by the sea or into a thunderstorm that she really felt herself. What did it mean? What was it she was always wanting? What did it all lead to? Now? Now?She turned away from the Buddha with one of her vague gestures. She went over to where Josephine was standing. She wanted to say something to Josephine, something frightfully important, about... about the future and what...
"Don't you think perhaps..." she began.
But Josephine interrupted her.
"I was wondering if now..." she murmured. They stopped; they waited for each other.
"Go on, Con," said Josephine.
"No, no, Jug; after you," said Constantia.
"No, say what you were going to say. You began," said Josephine.
"I...I'd rather hear what you were going to say first," said Constantia.
"Don't be absurd, Con."
"Really, Jug."
"Connie!"
"Oh, Jug!"
A pause.
Then Constantia said faintly, "I can't say what I was going tosay, Jug, because I've forgotten what it was...that I was going to say."
Josephine was silent for a moment. She stared at a big cloud where the sunhad been. Then she replied shortly, "I've forgotten too."

jueves, 11 de octubre de 2007

dos versiones de "Elm" de Sylvia Plath



Elm

for Ruth Fainlight

I know the bottom, she says. I know it with my great tap root;
It is what you fear.
I do not fear it: I have been there.

Is it the sea you hear in me,
Its dissatisfactions?
Or the voice of nothing, that was you madness?

Love is a shadow.
How you lie and cry after it.
Listen: these are its hooves: it has gone off, like a horse.

All night I shall gallup thus, impetuously,
Till your head is a stone, your pillow a little turf,
Echoing, echoing.

Or shall I bring you the sound of poisons?
This is rain now, the big hush.
And this is the fruit of it: tin white, like arsenic.

I have suffered the atrocity of sunsets.
Scorched to the root
My red filaments burn and stand,a hand of wires.

Now I break up in pieces that fly about like clubs.
A wind of such violence
Will tolerate no bystanding: I must shriek.

The moon, also, is merciless: she would drag me
Cruelly, being barren.
Her radiance scathes me. Or perhaps I have caught her.

I let her go. I let her go
Diminished and flat, as after radical surgery.
How your bad dreams possess and endow me.

I am inhabited by a cry.
Nightly it flaps out
Looking, with its hooks, for something to love.

I am terrified by this dark thing
That sleeps in me;
All day I feel its soft, feathery turnings, its malignity.

Clouds pass and disperse.
Are those the faces of love, those pale irretrievables?
Is it for such I agitate my heart?

I am incapable of more knowledge.
What is this, this face
So murderous in its strangle of branches? ----

Its snaky acids kiss.
It petrifies the will. These are the isolate, slow faults
That kill, that kill, that kill.

01. Versión de Victoria L. Martí.

Olmo

Para Ruth Fainlight

Conozco el fondo, dice ella. Lo conozco con mi gran raíz primaria:
Es lo que te temés.
Yo no le tengo miedo: estuve ahí.

¿Es el mar lo que oís adentro mío,
sus descontentos?
¿O la voz de la nada, que era tu locura?

El amor es una sombra.
Cómo se miente y se llora tras él.
Escuchá: estos son sus cascos: se disparó, como un caballo.

Voy a galopar así toda la noche, impetuosamente,
Hasta que tu cabeza se vuelva una piedra, tu almohada un pedazo de pasto
Y retumbe, retumbe.

¿O debería traerte el sonido de venenos?
Esto es la lluvia ahora, esta inmensa calma.
Y éste es su fruto: blanco estaño, como arsénico.

He padecido la atrocidad de los crepúsculos.
Chamuscada hasta la raíz
Mis filamentos rojos arden y permanecen, un manojo de alambres.

Ahora me rompo en mil pedazos que vuelvan por ahí como garrotes.
Un viento de tal violencia
No va a tolerar espectadores: tengo que gritar.

También la luna es despiadada: me arrastraría
Cruel cuando está yerma.
Su resplandor me calcina. O tal vez yo la tenga atrapada.

La dejo ir. La dejo ir.
Menguante y chata, como después de una cirugía radical.
Cómo me poseen y me alimentan tus pesadillas.

Estoy habitada por un grito.
Nocturno aletea
Buscando, con sus garfios, algo para amar.

Me aterroriza esta cosa oscura
Que duerme en mí;
Todo el día siento sus suaves giros como plumas, su malignidad.

Nubes pasan y se dispersan.
¿Son esas las caras del amor, esas pálidas irrecuperables?
¿Es por ellas que se agita mi corazón?

Soy incapaz de más conocimiento.
¿Qué es esto, esta cara
tan asesina en su manera de estrangularse con ramas?

Su ácido beso de víbora.
Petrifica la voluntad. Estas son las aisladas, lentas faltas
Que matan, que matan, que matan.

02. Versión de María Julia de Ruschi Crespo.

Olmo

Para Ruth Fainlight

Dice: conozco el fondo. Lo conozco con mi profunda raíz.
Tú le temes.
Yo no: estuve ahí.

¿Es el mar lo que oyes en mí,
La ansiedad del mar?
¿O es la voz de la nada, tu locura?

El amor es una sombra.
Cómo mientes y lloras por él.
Escucha: estos son sus cascos: se fue, como un caballo.

Resonando, resonando,
Toda la noche galoparé como él, impetuosamente,
Hasta que tu cabeza sea una piedra y tu almohada un poco de césped.


¿O he de traerte el sonido de venenos?
Esta gran calma es la lluvia.
Y éste es su fruto blanco acerado, se parece al arsénico.

He sufrifo la atrocidad de las puestas de sol.
Abrasados hasta la raíz,
Mis filamentos rojos arden y resisten, una mano de alambres.

Ahora me rompo en pedazos que vuelan como clavas.
Un viento tan violento
No tolerará espectadores. Debo aullar.

También la luna es cruel: me arrastraría
Sin piedad, si fuese estéril.
Su resplandor me hiere. O tal vez la he atrapado.

La dejo ir. La dejo ir.
Disminuida y aplastada como después de una cirugía general.
¡Cómo me poseen tus pesadillas, y me enriquecen!

Me habita un grito.
De noche se agita
Buscando con sus garras algo para amar.

Me aterra esta cosa oscura
Que duerme en mí;
Todo el día siento su suave insidia, su malignidad.

Las nubes pasan y desaparecen.
¿Son así los rostros del amor, tan pálidos e irrecuperables?
¿Por eso se conmueve mi corazón?

Ese es todo mi saber.
¿Qué es eso, esa cara asesina
Ahorcada entre las ramas?—

Sus ácidos ofídicos besan.
Petrifica la voluntad. Estas son los lentos y torpes deslices
Que matan.

lunes, 1 de octubre de 2007

Diarios de Kafka


“Me resulta incomprensible que casi todos los que saben escribir puedan objetivar el dolor en medio del dolor; que yo, por ejemplo, en medio de la desdicha, y con la cabeza ardiente de tanta infidelidad, pueda sentarme y comunicarle a alguien por escrito: Soy desgraciado. Sí, puedo incluso ir más lejos y con los diversos adornos, propios de mi talento, con algo que no parece tener nada que ver con la desdicha, puedo fantasear de un modo simple o antitético, o con orquestas enteras de asociaciones. Y no hay mentira en ello ni me calma el dolor; se trata, simplemente, y de un modo generoso, de un desbordamiento de fuerzas en un momento en que el dolor ha consumido visiblemente todas mis energías hasta el fondo de mi ser, donde sigue escarbando. Pero, ¿qué clase de desbordamiento es éste?”

(Septiembre de 1918)

* * *

“M. tiene razón respecto a mí: ‘Todo magnífico, sólo que no está hecho para mí, y con razón’. Con razón, digo yo, y demuestro que tengo al menos esta confianza. ¿O es que ni siquiera la tengo?, porque no pienso realmente en ‘razón’. La vida tiene tanto poder de convicción, que no deja lugar para la razón y la sinrazón. Del mismo modo que tú, en el momento desesperado de la muerte, no podrás meditar en la razón y en la sinrazón, tampoco podrás hacerlo en la desesperación de la vida. Basta con que las flechas encajen exactamente en las heridas que han abierto”

(enero de 1922)

* * *

“Cada vez me da más miedo escribir cosas. Es comprensible. Cada palabra, retorcida en manos de los espíritus —este impulso de la mano es su movimiento característico—, se convierte en una lanza dirigida contra el que habla. Y muy especialmente, una observación como ésta. Y así, hasta el infinito. El consuelo sería sólo: Ocurriá, quieras o no. Y lo que tú quieres, te sirve de bien poco. Más que un consuelo, sería esto: También tú tienes armas”.

(1923)


Franz Kafka, Diarios. Traducción de Feliu Formosa. Tusquets, Barcelona, 2000.